miércoles, 19 de febrero de 2020

LA HUELLA HABLA DE QUIEN SOY





Tal soy, tal vivo, soy el fuego, el humo, soy la consecuencia de alguien que me pensó. Y en todo lo que hago voy dejando mi trazo de quien soy, como firma de mi actuación. Mi mano sudorosa por los nervios deja huella, mi carácter al ofrecer mi mano muerta en un saludo; allí queda mi huella. La señora de la casa al entrar a mi habitación aún sin arreglar, se percató de quien soy, por las huellas que había dejado. No le fue difícil y con razón. 

Hay quien deja la huella en el hotel donde se hospedó, hay quienes se llevan los jabones, los ceniceros, las revistas. Otros mantienen aquello y tal como lo encontraron. El desordenado deja las toallas húmedas encima de la cama, el control del T.V en un lugar insólito. Así es como todos vamos dejando la huella de quienes somos.  
  
Y… la ¿cara? Querrás ocultar tus gestos para que nadie descubra que la vida te ha jodido, serás incapaz. Allí empieza en las bolsas de tus ojos el enfrentamiento con la realidad, en esa mirada aviesa. 

La huella es la sombra de tu personalidad, lo que sembraste, regaste con furor, allí está el fruto. No puedo proponerme que huella dejar en la vida, ella es el fruto espontaneo de lo que hago. Ella es consecuencia de quien soy, por algo la marco en mi identidad. 

Soy la huella de Cristo, aunque sea el “Alter Chistus” (otro Cristo) más bien soy “ipse Chistus” (el mismo Cristo), para dejar huella de mi fe; de manera que todo cuanto haga lleve la firma de Dios. La huella de quien soy forma mi hábito de creer en Dios, o si no mi huella operativa se convertirá en lo rutinario, en lo rancio, en lo plano, como la huella del muerto.   

lunes, 17 de febrero de 2020

Y... ¡¡¿su orgullo?!!





Su orgullo era otro ser que vivía en él, sin dejarlo vivir, adormeció sus sentimientos acurrucados por el frío. Arrinconados en el espacio sombrío del oscuro corazón. Sí, oscuro porque un día al cerrar las puertas al posible dolor, ese que no quería volver a sentir; se amó tanto así mismo, que cruzó sus brazos para no abrazar. Levantó su frente para fingir valentía, sonrió para no sentirse burlado, mintió, sí, mintió, simuló querer, besó sin pasión y con engaño. 

Acumuló tantas, pero... tantas satisfacciones efímeras, que ninguna llegó a importarle lo suficiente. Sus éxitos lograron distraerlo, así que nunca supo lo que perdió. Así moría mientras vivía y así mató con indiferencia a quienes vivían por él.

Con lágrimas quería desprenderse de él, destrozarlo como la muerte a la vida, para restituir lo que alguna vez se perdió, y escuchar más tarde entre los ecos, la humildad que vuela entre las hojas. Borrando el desnudo orgullo con su engreimiento. Ya nada sabré de tristeza en el secreto sombrío del corazón, cuando con alteza mate aquel estéril orgullo que fingió la gloria, destrozando a quienes con él vivió.

y… ¿su orgullo?   Hervía en el trágico enorme de la nada. Sombra mortal que retenía la vida en la pavorosa noche sin fondo, orgullo misterioso que aparenta ser lo que no es. Difusa sombra regada en el ser, con formas apetitosas, con vos de ave u olor de rosas.
Hace abrazar los placidos ruidos del bello egoísmo, sintiendo el placer de aquella mariposa posada en el clavel; después de preludiar entre orquestas, formando corazones en orgullos de fiestas. Huí de esta sentencia infame que ordena mi sufrir y esperé humildemente que aquel orgullo muriese sin honor  y yo poder reír.  

Dos hombres formando poesía Edisón Sucerquia- Johan Muñoz