Tal soy, tal vivo, soy el fuego, el
humo, soy la consecuencia de alguien que me pensó. Y en todo lo que hago voy
dejando mi trazo de quien soy, como firma de mi actuación. Mi mano sudorosa
por los nervios deja huella, mi carácter al ofrecer mi mano muerta en un
saludo; allí queda mi huella. La señora de la casa al entrar a mi
habitación aún sin arreglar, se percató de quien soy, por las huellas que había
dejado. No le fue difícil y con razón.
Hay quien deja la huella en el hotel
donde se hospedó, hay quienes se llevan los jabones, los ceniceros, las
revistas. Otros mantienen aquello y tal como lo encontraron. El desordenado
deja las toallas húmedas encima de la cama, el control del T.V en un lugar
insólito. Así es como todos vamos dejando la huella de quienes somos.
Y… la ¿cara? Querrás ocultar tus gestos
para que nadie descubra que la vida te ha jodido, serás incapaz. Allí
empieza en las bolsas de tus ojos el enfrentamiento con la realidad, en esa mirada aviesa.
La huella es la sombra de tu personalidad, lo que sembraste,
regaste con furor, allí está el fruto. No puedo proponerme que huella dejar en
la vida, ella es el fruto espontaneo de lo que hago. Ella es
consecuencia de quien soy, por algo la marco en mi identidad.
Soy la huella de Cristo, aunque sea
el “Alter Chistus” (otro Cristo) más bien soy “ipse Chistus” (el mismo Cristo),
para dejar huella de mi fe; de manera que todo cuanto haga lleve la firma de
Dios. La huella de quien soy forma mi hábito
de creer en Dios, o si no mi huella operativa se convertirá en lo rutinario, en
lo rancio, en lo plano, como la huella del muerto.

