De frente del altar a la distancia de la pila bautismal, donde me dieron mi nombre, no es una distancia abismal.
Fue allí donde entré a la eternidad para gozar de la Trinidad, cuando mis ojos se apagaran, cuidando el alma de alguna maldad.
Entro en la alianza bautismal, besándola con inocencia, pero muriendo para la eternidad, ¡que terrible para quien no lo entienda!, ¡qué dicha la Dios!.
Con el alma en la eternidad ya no hay muerte, es el milagro del Dios de la vida, aunque me veas inerte
No hablo de tu dolor al sufrir mi muerte, esa melancolía no se quien la cure, un rosario que apacigüe la tristeza, mientras se escurre
Aunque el cuerpo al final es nada, no escondas dolor y tristeza, huye, corre, ponte de prisa como María Magdalena al sepulcro a encontrarse con la Pascua.
