Su orgullo
era otro ser que vivía en él, sin dejarlo vivir, adormeció sus sentimientos
acurrucados por el frío. Arrinconados en el espacio sombrío del oscuro corazón. Sí, oscuro porque un día al cerrar las puertas al posible dolor, ese
que no quería volver a sentir; se amó tanto así mismo, que cruzó sus brazos
para no abrazar. Levantó su frente para fingir valentía, sonrió para no
sentirse burlado, mintió, sí, mintió, simuló querer, besó sin pasión y con engaño.
Acumuló tantas, pero... tantas satisfacciones efímeras, que ninguna llegó a
importarle lo suficiente. Sus éxitos lograron distraerlo, así que nunca supo lo
que perdió. Así moría mientras vivía y así mató con indiferencia a quienes
vivían por él.
Con lágrimas quería desprenderse de él, destrozarlo como la muerte
a la vida, para restituir lo que alguna vez se perdió, y escuchar más tarde entre
los ecos, la humildad que vuela entre las hojas. Borrando el desnudo orgullo con
su engreimiento. Ya nada sabré de tristeza en el secreto sombrío del corazón,
cuando con alteza mate aquel estéril orgullo que fingió la gloria, destrozando a
quienes con él vivió.
y… ¿su orgullo? Hervía en
el trágico enorme de la nada. Sombra mortal que retenía la vida en la pavorosa
noche sin fondo, orgullo misterioso que aparenta ser lo que no es. Difusa sombra
regada en el ser, con formas apetitosas, con vos de ave u olor de rosas.
Hace abrazar los placidos ruidos
del bello egoísmo, sintiendo el placer de aquella mariposa posada en el clavel; después de preludiar entre orquestas, formando corazones en orgullos de
fiestas. Huí de esta sentencia infame que
ordena mi sufrir y esperé humildemente que aquel orgullo muriese sin honor y yo poder reír.
Dos hombres formando poesía Edisón Sucerquia- Johan Muñoz

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