Ya ajusté el mes de estar en confinamiento decretado por el gobierno para evitar los contagios y colaborar con el fin de la pandemia.
Hoy precisamente me levanté con un
sentimiento de desconsuelo. No porque me sienta enfermo, gracias a Dios tengo
buena salud. Me siento desconsolado porque ya hace más de un mes tengo el
templo cerrado, me hace falta celebrar la Eucaristía con los
fieles.
Nunca había anhelado tanto la vida ordinaria que todos llevábamos. Como ahora. ¡Cómo la extraño!! ¡Qué falta me hace reírme con la gente, ¡Pues, a veces cae bien una broma. Sonreír como si fuera la primera sonrisa! Y hacer lo demás, evangelizar.
Esto es un sentimiento, la gente me manifiesta
vía telefónica la falta que les hace los sacramentos. Soy consciente que los
medios de comunicación han estado muy disponibles para acércanos, en especial
con la Eucaristía, pero la diferencia entre "ver" y "vivir" la Eucaristía presencialmente es abismal, pero es mejor eso
que nada. Dios nos sostiene aunque las evidencias sean lo contrario para pasar de la crisis a la certeza.
Intensificaré mi oración por los que ha fallecido y sus familiares. Soy un cristiano de
esperanza y eso me sostiene, esto pasará porque todo tiene su
principio y su final en nuestro tiempo.
Seguiré en casa celebrando la Eucaristía
por los difuntos de esta pandemia y por las necesidades del mundo.
Plasmar el sentimiento da un poco de
serenidad.

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